01/01 Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. (Lc 2, 16-21)
El evangelio de este día, Día Mundial de la Paz, presenta una escena que es como un modelo de paz.
En la noche de Belén se respira el anhelo de un mundo en armonía: el niño pequeño en el pesebre, su madre serena meditando todo en su corazón, los pobres y humildes pastores admirando la escena.
Parece un mundo donde la violencia y el odio no pueden tener lugar, es como un ideal del mundo soñado y anunciado por los profetas. Pero en realiza refleja también el sueño profundo de toda la humanidad, cansada de contrariedades, guerras, oposiciones, competencia, mentira e injusticia.
Allí, en el pesebre, se hace realidad lo que Dios vio cuando creó al ser humano: que era “muy bueno” (Gen 1, 21). Allí, en una pequeña familia resguardada en una pobre cueva, se hacía realidad la humanidad que soñó el Padre Dios, un mundo de paz.
Sería bueno también que pudiéramos detenernos un instante, que pudiéramos liberarnos por un momento de la fiebre de las distracciones, de la velocidad de nuestros pensamientos, del aturdimiento de nuestros proyectos, para detenernos a contemplar esta escena como si estuviéramos allí.
Dejemos que la contemplación de esta escena pacifique nuestro interior y le devuelva a nuestro ser la serenidad perdida. Este día también se celebra a María como Madre de Dios, porque el niño que nació de su seno es Dios igual que el Padre.
La celebración del Bautismo del Señor completa la celebración de la epifanía, porque en el bautismo, se da inicio a su misión, Jesús es manifestado como el Hijo querido por el Padre, el amado con predilección. Jesús tuvo siempre la conciencia de ser el Hijo amado del Padre, y ese mismo amor es el que lo sostuvo en la cruz y le permitió morir encomendando su vida en las manos divinas del Padre.
El Espíritu que desciende sobre él, no está significando que Jesús no poseyera el Espíritu antes del bautismo, sino que Jesús lo recibe de un nuevo modo, en orden a la misión que tiene que comenzar. El Espíritu que Jesús ya poseía, ahora se manifiesta capacitándolo para salir a predicar y hacer presente el Reino de Dios.
En ese sentido se entienden las distintas “venidas del Espíritu” en la Escritura. Cuando los apóstoles recibieron el Espíritu Santo en Pentecostés (He 2, 1-11), eso no significa que antes no lo tuvieran, sino que lo recibían para salir a evangelizar el mundo, capacitándolos para cumplir una misión. Lo mismo vale para el bautismo de Jesús, que desde su concepción ya estaba lleno del Espíritu Santo.
Efectivamente, habiendo recibido una vez más el Espíritu Santo, y luego de cuarenta días de preparación en el desierto –típica de todo gran profeta- Jesús se dirige a Galilea a proclamar la buena noticia, porque “se ha cumplido el plazo” (Mc 1, 15). Así en este relato del bautismo de Jesús aparece el cumplimiento de Is. 1, 11; 64, 1.
Podríamos preguntarnos si cada vez que tenemos que comenzar una nueva misión, o una tarea delicada, nos detenemos con fe a invocar el auxilio del Espíritu Santo. Pero también podríamos preguntarnos si somos conscientes de que el bautismo que recibimos, nos exige ser evangelizadores, llevar a los demás el mensaje y el amor del Señor.
Este precioso texto nos narra el encuentro de Jesús con sus primeros discípulos. Pero, a diferencia del llamado que aparece en los demás evangelios, presenta a unos discípulos que ya estaban preparados para escuchar el llamado. Habían sido ya instruidos por Juan el Bautista, o eran judíos piadosos, formados por sus padres con un corazón sensible a la espera del Mesías.
El encuentro de Jesús con ellos tiene características personales, íntimas, destacando la mirada de Jesús que conoce a los que llama, les ofrece un trato directo, les regala la intimidad de su habitación, los seduce con su figura. Pero al mismo tiempo este texto nos muestra la dinámica del encuentro con Jesús, que siempre nos impulsa a comunicarlo a otros, a compartirlo, a llevarlo a los demás. Uno de ellos encontró a su hermano “y lo condujo a Jesús” (v 42).
Es hermoso escuchar a Andrés diciendo: “¡Hemos encontrado al Mesías!”. El Mesías, esperado por su pueblo durante siglos, ansiado por los pobres sufridos y desorientados, reclamado por los que necesitaban fuerza y consuelo. El Mesías prometido, el que traería la verdadera luz, el agua pura, el que podía cumplir las esperanzas mas profundas, ése mismo había llegado, estaba caminando por ahí, y lo hemos encontrado.
Podemos unirnos al apóstol Andrés para decir a los demás que también nosotros lo hemos encontrado, que es simple y bello, que es fuerte y fiel, que es bueno estar con él, que vale la pena dejarse encontrar con él. La lectura de este texto siempre será una invitación para agradecer y reavivar el propio encuentro personal con el Señor.
Jesús comienza su predicción, brilla la luz de su palabra. Y en esa predicación se destaca el anuncio del reinado de Dios que está cerca. Este reinado significa que Dios viene a ejercer su poder en nuestro mundo, pero no a la manera de los poderes políticos o militares, sino a través de Jesús manso y humilde.
Se trata de un modo de reinar que es completamente distinto de los reinados de este mundo, porque se fundamenta en la acción de Dios que transforma los corazones pero sin violentarlos ni forzarlos. De hecho Jesús pidió a sus discípulos que no se relacionaran entre ellos a la manera de los poderosos, que hacen sentir el peso de su autoridad (Mt 20, 25-28).
Si se acepta ese reinado de Dios, entonces allí donde había oscuridad comienza a hacerse presente la luz; donde el odio y los rencores perturbaban y dividían comienza a reinar la paz, el diálogo, la comunión; allí donde las tristezas, angustias y temores ejercían su dominio comienza a dominar la esperanza y el gozo.
Jesús viene a hacer presente la salvación de Dios sobre todo en su entrega en la cruz, donde el poder no es imposición de la autoridad sino servicio humilde y despojado.
Pero además, él elige unos pobres pescadores para que lo acompañen en esta misión de transformar el mundo con la presencia de Dios. Él no necesita seres poderosos, famosos, importantes, porque será su poder el que se manifestará a través de ellos. En Jesús viene a hacerse presente la vida, la fuerza, la paz de Dios en las personas y en la sociedad, pero para eso requiere también se un sí de los corazones humanos en el arrepentimiento y en la confianza: “Arrepiéntanse y crean”.
Cafarnaúm era el pueblo adoptivo de Jesús. Allí se instaló cuando comenzó a predicar, y desde allí se movía hasta que llegó la hora de morir en Jerusalén.
Según los estudios arqueológicos, Cafarnaúm era un pequeño pueblo de un poco más de 300 metros de largo, y por eso todo lo que Jesús hacía o decía inmediatamente era sabido por todos, nada podía quedar en el secreto. A eso se debe que Jesús pagara el impuesto al templo y evitara todo lo que pudiera escandalizar o confundir a la gente de esa población.
Este episodio nos narra la expulsión de un espíritu inmundo que sucedió en una de las visitas de Jesús a la sinagoga de Cafarnaúm. En este hombre poseído, dominado por el mal, se simbolizan todos los males que arruinan y degradan la vida del hombre, y Jesús aparece con poder frente a esos males, liberando y renovando al hombre. Difícilmente cualquiera de nosotros podrá pensar que sus males son peores de los de este hombre destruido. Por eso cada uno de nosotros puede presentarle a Jesús, con confianza, sus propios males. Pidiéndole a Jesús que nos auxilie y nos restaure con su gracia, podemos hacer un camino que nos permita superarlos.
Dos veces en este texto se dice que Jesús enseñaba con autoridad, porque él no sólo decía las cosas con su Palabra, sino que con sus acciones mostraba que poseía el dominio y la autoridad para expulsar todo lo que pueda poseer al hombre y hacerle daño. Pero eso mismo nos hace ver que su Palabra es viva y eficaz, que si la dejamos actuar tiene el poder para producir frutos de paz y libertad en nuestra vida.
Este texto resalta de distintas maneras el poder de Jesús que viene a hacer presente el Reino de Dios y a liberar al hombre del poder del mal. La mano de Jesús que sostiene y cura a la suegra de Pedro recuerda la figura de la mano fuerte de Dios, tan presente en el Antiguo Testamento. Esa mano divina da seguridad: “Tu mano me sostiene” (Sal 63, 9; 73,23). Con ese mismo poder de su mano Jesús pasa por todas partes curando enfermos y expulsando demonios; el poder del mal se rinde ante su mano fuerte.
Esa misma mano fuerte de Jesús es la que puede fortalecernos y liberarnos de nuestros males más profundos, esa misma mano que acaricia con ternura pero que tiene potencia divina puede sostenernos en la dificultad y arrancar de nuestras vidas los poderes del mal que a veces nos esclavizan.
Pero en el encuentro con el Padre, muy de madrugada, Jesús bebía del poder que se manifestaba durante la jornada. De la intimidad con su Padre Jesús obtenía todo lo que comunicaba a los demás, la fuerza que transmitía.
En la curación de la suegra de Pedro se destaca un detalle importante: que la mujer, inmediatamente después de ser curada, se pone a servir a los presentes. Esto indica que cuando buscamos a Dios con el deseo de ser curados de nuestras enfermedades, angustias y perturbaciones, debemos hacerlo con la intención de servir mejor a los demás y no solamente para gozar del bienestar, encerrados en nuestros propios intereses.
Los leprosos en la época de Jesús estaban completamente relegados, excluidos de la vida social, no solo por temor al contagio, sino porque se los consideraba impuros, de manera que quien tomaba contacto con un leproso no podía participar del culto. Por eso se les colocaba una campanita, de manera que los demás advirtieran su cercanía.
Pero Jesús supera todo prejuicio, se compadece del leproso, y hasta se atreve a tocarlo. Así no solamente el leproso se cura, sino que vuelve a experimentar la dignidad que Dios le da, una dignidad que Jesús le devuelve con su mano, diciéndole con ese toque que él sigue siendo digno de un contacto humano, de un amor generoso.
Ante la interpelación del leproso “si quieres”, Jesús le responde “lo quiero”. Las palabras del leproso expresan su gran confianza, porque cree que a Jesús le basta quererlo para poder curarlo.
Sería preciosa que nuestra oración cotidiana fuera también la expresión de una confianza sincera, de un convencimiento firme y humilde que nos haga capaces de estar en su presencia sabiendo que con él todo puede ser resuelto. Las palabras de Jesús expresan la atención de su amor a la persona del leproso, su acercamiento íntimo y delicado. Frente a este texto no podemos olvidar aquel relato sobre San Francisco de Asís, cuando él, imitando al Maestro, superó su asco y regresó a besar al leproso que había encontrado en el camino. ¿No podríamos pensar que Jesús nos está invitando a reflejar su amor a través de alguna actitud semejante, acercándonos a alguna persona que nos repugna, que nos produce rechazo, a alguien que sea despreciado o ignorado por los demás?
En todo este capítulo Jesús se enfrenta a los fariseos y maestros de la Ley, laicos fanáticos de las leyes judías que controlaban permanentemente a la gente para ver si las cumplían o no. Los fariseos eran mas políticos y los maestros de la ley más estudiosos, pero ambos se sentían perfectos, sabios, separados del resto de la gente.
En este texto los maestros de la Ley critican a Jesús porque perdonó los pecados al paralítico, y el perdón sólo puede venir de Dios. Pero Jesús se presenta como aquel que puede dar el perdón del Padre, y cura al paralítico para dar un signo de la autenticidad de su misión, porque en aquella época se consideraba que Dios no podía darle poder para hacer milagros a un hombre pecador. Por eso mismo, algunos terminan diciendo que el poder de Jesús venía del demonio (Lc 11, 14-15).


